miércoles, 15 de diciembre de 2010

Sesión roja...

Por fin conocí al nuevo doctor, y en verdad me llevé una agradable sorpresa. No sé bien qué le pasó al anterior... pobrecillo, corren rumores de que lo acabó un paciente del pabellón de los maniáticos, uno con nombre raro que de vez en cuando he visto en los jardines y en el comedor; a veces me ha dado curiosidad de acercarme a él, siempre me ha dado curiosidad la gente loca, pero él se ve más raro, no es sólo un loco que mata o golpea, es como la noche, oscura y tranquila, pero guarda secretos que en cualquier momento pueden salir. Bueno, a lo que iba, conocí al nuevo doctor, el doctor Salas. Por un lado le agradezco al señor con nombre raro el haber echado de aquí al viejito encargado de mis terapias, digo, no era un mal médico, ni nada, pero ya estaba aburrida de que un abuelo juzgara mi vida y mis pensamientos, se creen tan sabios los ancianos. El nuevo, como todos por aquí le dicen, es joven y, bueno... tiene un cabello negro sedoso y lacio, unos ojos grises profundos, unos labios gruesos, casi femeninos, su cuerpo... pues, no atlético, pero sí bien formado: unos brazos fuertes se dejaban ver detrás de su camisa, lo mismo que un abdomen plano y, cuando entré, y él estaba de pie, pude ver la silueta de unas bonitas nalgas, de esas apretables y musculosas. Ya era hora de tener un terapeuta así.

Mi día fue común, desperté, tomé un baño con el resto de las mujeres del pabellón, y fuimos a desayunar. Estuvo horrible, como siempre, aunque últimamente la nutrióloga se ha compadecido de mí, y me ha dado permiso de comer algunas de las cosas que comen los demás. Me dieron un tazón de leche con avena, enorme, casi no podía terminarlo, un plato de vegetales cocidos y una manzana. Odio los vegetales cocidos, me recuerdan los días en que era ló único que comía, cuando todo esto comenzaba. Nunca quería bajar a comer con todos, me daba mucho asco, así que mamá le ordenaba a Graciela que me subiera un enorme plato de vegetales cocidos y que no se fuera de mi cuarto hasta que me los acabara. Esta mañana al comerlos tuve una ligera sensación de vomito, pero lo soporté, no echaría a perder las concesiones que ya me ha dado la gruñona nutrióloga que me tiene a su cargo. Después del desayuno, estuve un rato en mi habitación dibujando los gatos que se alcanzan a ver en el jardín desde mi ventana; aún me falta mucho. Dibujar es una de las pocas cosas que me gusta hacer aquí, y que los médicos aprueban, por supuesto. Llegó la hora de la sesión con el nuevo médico. Mi querida Elena fue a avisarme que era mi turno, entró a mi habitación y, estando yo aún sentada en mi escritorio, me susurró con una leve sonrisa - el guapo me mandó por tí -, mi corazón latió rápido, me levanté, me sonreí, me acomodé el cabello rápidamente, me puse mi brazalete rojo con corazoncitos y caminé con soltura para llegar pronto.
Ya con el Doctor, se presentó cortesmente y me hizo algunas preguntas de rutina; yo lo escuchaba y respondía, pero en realidad, estaba escrutándolo con la mirada y, aunque trataba de disimular, creo que él se daba cuenta.
De pronto, y con cierta violencia, entró un tipo sudoroso balbuceando un montón de cosas patéticas; después enloqueció y amenazó al doctor con un taladro que traía. El ambiente se tornó tenso, me quedé estupefacta unos segundos, y después observé bien el rostro del tipo del taladro... sabía que lo había visto antes, es el tipo que arreglaba las instalaciones eléctricas en la heladería la última vez que Armando me acompañó al pueblo a comprar helado (ese delicioso helado de menta que siempre añoro). Recordé que a veces Armando hablaba con él cuando íbamos al pueblo, y otras veces sólo estaba presente, parando la oreja para escuchar lo que decíamos.
El doctor también parecía un poco enloquecido, sus ojos grises se inyectaron de sangre; cuando me dí cuenta ya tenía un arma en la mano, y de pronto ya le había disparado. De un momento a otro regresó en sí, se levantó, y quize asegurarme que no nos fuera a disparar también a Elena y a mí, así que traté de hablarle lo más amablemente que pude, seduciéndolo un poco, para calmarlo. Me llamó linda, yo sonreí y salí de ahí con Elena.
Esto fue muy extraño... pero hay una persona que puede aclarármelo todo: mi querido Armando; lo interrogaré la siguiente semana, en mi paseo por el jardín trasero, quizá lo alcance en su turno de la tarde.