viernes, 3 de diciembre de 2010

Sueños

Aplastado en mi cama, ignorando a las alimañas que se alimentan de mis células muertas; he leído que para esas maravillosas criaturillas, mi carne sin vida y seca es su alimento, es como servir un enorme plato de cereal sin leche; los pequeños orificios que tienen por boca disfrutan el crujir de las deliciosas hojuelas que les regalo cada día. En mi cama soy Dios regalando maná a mi pueblo, a mis hijos que se alimentan diario de mi carne, hacen la comunión y cumplen un sacramento. Mis pequeños pilluelos, los que se regocijan con mis despojos, son lo único que extrañaré de este mundo miserable. Que fácil cambio de parecer, primero me parecen despreciables y ahora ya estoy pensando en extrañarlas, es la eterna incongruencia de la vida humana.

Mi cama... hoy me dio un regalo celestial. Estaba recostado, con el cuerpo relajado, mirando hacia el techo con la mirada perdida. Dicen que cuando uno muere, el último sentido que se pierde es el oído y el primero la vista. Miré con profundidad, la mirada dejó de estar perdida, me concentré para intentar perder mis sentidos. Deje de sentir con mi piel, dejé de percibir el aroma de mi sudor, el sabor de mi saliva desapareció, no pude oír más y mis ojos permanecieron intactos.

Al contrario de toda las teorías que se saben, conservé mi vista en el umbral de mi muerte. La luz se desvaneció poco a poco empezando por las orillas, parecía una macabra caricatura que llegaba a su fin. Lento, todo se daba muy lento, estaba muriendo. Maldita sea mi cobardía, me arrepentí, pero la luz en mi ojos continuaba agotándose, ya no quería morir. Empece a llorar y a gritar, estaba aterrado y la oscuridad seguía apoderándose de los colores. No pude más y perdí el conocimiento.

Desperté en mi cama, con manchas de sangre y la conocida marca de un sedante en mi brazo, un puntito rojo que delata un inyección cobarde, no estoy seguro si la sangre es mía, no importa. La muerte se negó de nuevo a ser mi acompañante, parece que nunca veré el sol que tanto anhelo. Hoy mis amguillos, mis compañeros de la cama, a la vez amantes, a la vez verdugos, notarán un sabor diferente en su maná. Hoy probarán el hierro y la sal, para sazonar el banquete que les ofrezco cada día.