martes, 1 de marzo de 2011

Expediente 25, día uno (primera parte)

Llegué al sanatorio justo al despuntar el alba. A primera vista, el lugar se ve bastante agradable con sus extensos patios, sus blancos pasillos y sus omnipresentes bocinas, que siempre están tocando jazz de los sesenta o de tiempos anteriores; al poner el primer pie adentro, me dieron ganas de pasar ahí un relajante fin de semana, jugando cartas con los loquitos y fumando un centenar de cigarrillos. Lamentablemente, mi sentido del deber (y el adelanto que me habían dado por el trabajo) me recordaron que no era tiempo para descansar, así que deseché la idea y fui directamente a la recepción. Me encontré con una atractiva mujer de mediana edad que me preguntó si era yo quien solicitaba el puesto de vigilante en jefe. Le respondí que sí y me condujo por una infinidad de pasillos hasta llegar afuera de la oficina del doctor Smith.

Por lo visto, el anciano se encontraba adentro, enfrascado en una discusión con alguien de intendencia. La recepcionista, al ver que su jefe estaba ocupado, me pidió que esperara hasta que fuera llamado y se fue a seguir con sus asuntos, no sin antes guiñarme el ojo y dedicarme una sonrisa incitadora. Como estaba yo bastante ocupado calificando las curvas de la mujer mientras se retiraba, no puse atención al pleito que se desarrollaba a mi lado, acción de la que ahora me arrepiento, porque, como explicaré más adelante, de haber escuchado, me habría ahorrado bastante trabajo. En fin, el tipo de intendencia salió después de unos segundos, tan enfadado, que no reparó en mi ni cuando me pisó. Luego, el doctor me llamó al interior de su oficina.

Entré con aire despreocupado, para ocultar que me encontraba un poco nervioso por la tarea que había caído en mis manos; cabe explicar era mi primer investigación seria después de varios meses de holgazanería, y me encontraba un poco oxidado. El viejo me dedicó una inquieta sonrisa y yo le devolví la cordialidad, luego, estrechamos las manos. Noté que aún se encontraba un poco colorado por el disgusto que le habían hecho pasar, así que le pregunté si algo le pasaba. Respondió que no, que solamente se trataba de una pequeña discrepancia con un intendente flojo.

—Pero bueno… —dijo, cambiando el tema— volvamos a lo que en verdad nos incumbe. —Aquí me invitó a tomar asiento; él permaneció de pie en su lado del escritorio—. ¿Trajo los papeles que le pedí?

—Claro. Aquí están. —Puse un fólder encima del escritorio. Smith lo tomó y revisó concienzudamente todo el interior: una solicitud de empleo, documentos personales y copias de esos documentos. Satisfecho, esbozó una sonrisa.

—Perfecto —concluyó.

—Comprenderá que todos los papeles son falsos.

—Me lo imaginé. Pero no importa; sólo los necesito para no levantar sospechas.

—Muy bien —dije, y nos quedamos callados. A lo lejos, pudo escucharse la voz de uno de los pacientes, gritando algo sobre salir a jugar al patio con una pelota. Cuando calló, pregunté—: ¿Empezamos?

—Sí. —La respuesta salió como un suspiro. Me dio la impresión de que no se trataba de un gesto de fastidio, sino más bien de resignación, pues era obvio que hubiera preferido no verse involucrado en una situación tan macabra como en la que ahora se encontraba.

Pero no siempre puedes obtener lo que quieres.

Se levantó y me invitó a seguirlo. Me condujo por todo el sanatorio, dándome santo y seña de todas las estancias que encontrábamos en nuestro camino. De vez en cuando, nos cruzábamos con algún trabajador, algún oficinista o uno que otro custodio, y él siempre me presentaba amablemente, sin olvidar la farsa que habíamos planeado, es decir, que yo era el nuevo vigilante en jefe y que me encargaría de la seguridad de la Casa de la Risa, cosa que, en parte, era cierta.

Cuando hubo terminado de presumirme cada rincón del lugar, formulé la pregunta que desde mi llegada me rondaba la cabeza:

—¿Y cuándo podré ver a los loquitos?

—Oh, en unos minutos; ya casi es hora del recreo matinal.

Fuimos al patio principal para esperar a los pacientes. El doctor y yo aprovechamos el tiempo sacando nuestras propias teorías acerca de todo lo que pasaba, pero ninguna nos dejó completamente convencidos.

Exactamente a las once de la mañana, las puertas del edificio se abrieron y dieron paso al más retorcido desfile de personas que he visto en mi vida. Cuando Smith me contrató para esta investigación y me dijo que había personas con enfermedades mentales involucradas, creí que sería divertido; sin embargo, al ver a esos curiosos personajes paseando uno por uno frente a mí, todo el humor que traía en la cabeza se hizo bolita y se me bajó a los calzones. El viejo se alegró al notar que su empleado comenzaba a tomarse las cosas en serio.

Disimulé mi perturbación diciendo:

—Parecen simpáticos.

—Algunos lo son. Por ejemplo el de allá.

—¿El del sombrerito de papel o el que está cantando?

—El que está cantando. Se llama Joaquín Mendoza, y puede interpretar cualquier pieza de teatro musical que se haya compuesto antes del año dos mil.

—¿Por qué hasta ese año?

—Porque fue el año en que le diagnosticaron epilepsia. Es una historia muy triste, la verdad: se había preparado desde niño para ser uno de los mejores showmen del mundo, y cuando llegó a la adolescencia estaba listo para conquistar tanto los escenarios como los corazones de miles de jovencitas. Desafortunadamente, una lámpara le cayó en la cabeza durante una audición muy importante, provocándole un traumatismo que, a su vez, le originó epilepsia. Cuando los doctores le dijeron que tendría que apartase de los escenarios definitivamente, se volvió completamente loco. Es un buen chico, y ha demostrado ser un gran cantante y una magnífica compañía cuando el estéreo se descompone. Si algún día se le antoja una canción, pídasela; le aseguro que él estará encantado de complacerlo.

Observé a Joaquín con tristeza; era un muchacho atractivo, con buen cuerpo y una voz que merecía ser conocida por todas las personas con buen oído. ¡Una lástima lo de su enfermedad! Me sentí tentado a pedirle que cantara Unworthy Of Your Love, de Stephen Sondheim, porque es de mis favoritas y porque me daba curiosidad ver cómo le haría para interpretar un dueto, pero mejor decidí que no.

—Tal vez otro día —dije.

—Como guste. Ahora, fíjese en el otro, el del sombrerito.

—Ajá. ¿Qué hay con él?

—Es un amante de las novelas de aventuras. Cada día despierta creyendo que es un personaje diferente. Ayer era Sandokán, pero hoy no sé quién sea.

Cuando acabó de decir eso, el loco del sombrerito de papel tomó dos varitas de madera, las cruzó y apuntó la más corta hacia el cielo, como si se tratara de un arco. Luego, gritó: “Viva el rey Ricardo” y lanzó la varita corta lo más lejos que pudo (cosa de dos metros).

—Robin Hood —exclamamos al unísono el doctor y yo.

Otro paciente me llamó la atención. Era un muchacho de cabello largo que dibujaba a la sombra de un árbol. Lo que me pareció interesante fue su apariencia tan normal, es decir, que no te hacía pensar que padeciera alguna enfermedad de la cabeza.

—¿Cuál es la historia de aquél? —pregunté sin dejar de mirar al chico. Al no obtener respuesta—: ¿Doctor?

Y noté que el doctor se había ido.

Lo busqué con la mirada por todo el patio, pero se me hizo difícil dar con él porque todos ahí iban vestidos de blanco. Lo hallé cerca de la puerta del edificio, conversando con otro doctor. Smith miró hacia mí y me llamó con la mano.

—Señor Quijano, le presento al doctor Paz —me dijo cuando llegué adonde estaban—. Es el segundo al mando en este lugar, y confió en él tanto como confío en mí mismo.

Cuando Paz estrechó mi mano, me dio un apretón que no se me olvidó en dos horas. Yo intenté hacer lo mismo, pero fue como querer exprimir una piedra. El dueño de la tenaza era un hombre de estatura mediana y apariencia tosca, como de obrero, pero que dejaba entrever en su mirada que su intelecto rebasaba por mucho al del hombre promedio—en cuanto lo miré a los ojos, me di cuenta de que se trataba de un tipo bastante astuto, y dediqué unos segundos a pedir que no fuera él quien estuviera detrás de todo lo que ocurría en el sanatorio, porque, de lo contrario, seguramente me vería en problemas.