miércoles, 9 de marzo de 2011

Matar sin matar

El trato era simple: yo hacía lo que sabía hacer y él me facilitaba las cosas para lograr lo que tanto quiero. Al final la vida siempre es como una rueda imparable, no se puede comenzar algo con intención de detenerlo más adelante; simplemente todo seguirá rodando y rodando hasta el infinito, a veces se puede creer tener cierto control, pero es un pensamiento irresponsable. Esta dinámica es un común denominador en la historia del hombre, pero los humanos somos por naturaleza criaturas necias y prepotentes ante los hechos obvios de la vida y difícilmente aprendemos del pasado. Queremos ser alquimistas de realidades y transmutadores de errores, pero no somos más que ilusionistas engañados por nuestros propios trucos y cegados por nuestra obstinación.

La locura que ahora padezco es consecuencia de mí llegada a este lugar, si bien en un principio mis “males” eran sutiles, ahora soy un loco descabritado como cualquiera de los de aquí, quizá peor. El tiempo había arrancado de mi cabeza la razón de mi estancia, el contrato criminal del cual formo parte desde hace muchos años, el mismo que siento está por terminar.

­ ¿Quieres morir? Gánate tu muerte. Yo con todo gusto te puedo complacer.

Me dijo ese día después de una breve charla, en donde tratamos asuntos primarios, donde él fue capaz de desnudar mi conciencia al grado de dejarme como un animal indefenso, sin palabras y sin pensamientos. Yo no lo pude ver a los ojos, pero asentí con suavidad y resignación dos veces. 

— Ven conmigo. Te explicaré como llegar a buen final; sin experimentar ese dolor al que tanto le temes. Pero como te lo dije antes, tienes que ganarte mis favores.

Lo seguí y, escuche con atención sus indicaciones, yo no era más que un niño. Fue fácil persuadirme. Muy a pesar de mi inteligencia, misma que me condenó al rechazo social y la estigmatización, sucumbí a su admirable persuasión.

— Dos años Espino, hoy se cumplen dos años de seguir tus pasos, he visto como has progresado con tus habilidades, pero aún te falta mucho por desarrollar. Para que puedas cumplir tu parte del trato, tienes primero que estar completo y ahora estás en el momento perfecto para dar un gran salto.

Él prácticamente me adoptó como a un hijo, primero me creó un pasado después me educó en las mejores artes y costumbres, me integró de nuevo a la sociedad de la que antes había huido, ahora convertido en un hombre de excelencia, un caballero de envidiables conocimientos. Debo confesar que eso hizo menos pesada mi vida, no obstante el seguir respirando todos los días me llenaba de frustración, pero el trato era justo. La razón obvia de mi educación era la capacidad de mimetizarme en círculos de gran elite social y no sólo eso, destacarme como el óptimo entre todos. Acudí a banquetes espectaculares, tanto a los refinados en donde las charlas, la comida y la música eran exquisitas, como a los despreciables donde el degenere humano que se mostraba en cada rincón me hacia recordar el desprecio que le tengo a mi raza y a mi mismo.

Me hice popular entre los hombres y las mujeres, las familias me codiciaban como invitado en sus casas, me transformé en un símbolo de valor. Los círculos secretos en los que algunos participaban me hicieron miembro honorífico. Si en algún festín celebrado no estaba yo presente, no se podía considerar de gran nivel. Yo siempre fingía, jamás pude experimentar un completo placer en ninguna de mis actividades. Pasé muchos años viviendo así, hasta que mi mentor consideró que ya estaba listo, pues a la par de mi educación en el buen vivir, me hizo trabajar mucho en mis otras habilidades, las que realmente le interesaban a mi maestro. A este respecto puedo decir que ocurrió uno que otro “accidente” de vez en cuando, siempre a petición de mi maestro.

Un buen día me citó con peculiar alegría.

— Espino, hijo. Se que todos estos años has vivido en la frustración absoluta, alimentado sólo por el deseo de tu propia destrucción. Gánatelo, te pedí aquél día. Pues quiero decirte que ya estas por terminar el trato.

Me entregó un sobre amarillo engrosado por su contenido.

— Has lo que sabes hacer.

El sobre contenía poco más de una treintena de fotografías, absolutamente todas las caras eran conocidas. La mayoría de ellos habían sido mis anfitriones en diferentes partes del mundo, todos ellos tenían algo en común.

— La muerte Espino, te la ganarás a cambio de profanar vidas ajenas. Con discreción absoluta, bien sabes que todos ellos tienen que tomar su propia vida. No dejarás pistas, ni hilo a seguir, todos ellos tienen que morir de manera diferente. Tómate tu tiempo, pero el trabajo tiene que ser en el orden de las fotos; ellos no deben de notar la relación hasta que sea demasiado tarde.

No dije una palabra, memorice todas las caras de las fotografías y las arrojé al fuego de chimenea. Trabajo discreto era la orden, pero la última foto me inquietaba. Me retiré de la vista de mi maestro y comencé mi viaje por el mundo. En verdad tenía la esperanza de que alguna de mis víctimas me contagiara su ímpetu suicida y me ayudara a lograr mi anhelo. Lástima que no fue así. Uno a uno fueron cayendo, no hubo víctima que representara alguna dificultad, el resultado de mi entrenamiento sobrepasó incluso las expectativas propias.

La búsqueda del último de la lista me hizo caer en este lugar. Llevo muchos años sin poder cumplir el objetivo, me siento defraudado e insignificante. Mi plan original era internarme para acceder al objetivo, pero las cosas se complicaron, supongo que mi natural locura fue la causante. Muchos han sido sacrificados, doctores, enfermos, custodios, visitas, pero nunca el blanco original.  El mismo ambiente de aquí me ha hecho pensar que todos mis recuerdos no son más que una broma pesada que me juega mi mente. Puedo ser un loco, como todos los demás, que vive alucinaciones como si fueran realidades, no obstante la última cara de las fotos deambula por aquí, es real y sigue siendo mi objetivo. ¿A que se debe este recuerdo? A una pregunta del Doctor Salas.

— ¿Sabe porque está internado aquí, Tellini? — Me preguntó Salas, al final de una interminable lista de preguntas simplonas.

No pude contestar, me quedé callado y solicité retirarme a mi cuarto; el inútil de Quijano mientras me escoltaba iba jugando con su tolete, lo tiró varias veces mientras hacia mal logrados malabares, no tiene mucha experiencia en el manejo de estos artefactos. Me inquieta su actitud, quizá sea buena idea dedicarle unos minutos de charla… No Tellini, no te distraigas con payasos, no más.

¿Todo esto será realidad o desvarío de un loco más? Lo único cierto son mis deseos de morir y el miedo que le tengo a la muerte, de lo demás no se ya que pensar. Pero si la realidad es la que he contado, tengo una misión pendiente que ya no es posible retrasar más. A veces siento que mi objetivo planeó todo esto… o alguien peor que él. El carbón se está terminando, está vez me excedí con mis letras.