lunes, 31 de enero de 2011

Con peste a tabaco

Terrible interrupción. En este lugar uno no puede siquiera observar en paz las venas de sus propias muñecas, pues en el acto alguien llega e interrumpe las intenciones tanto tiempo incubadas en la mente. Cobarde Tellini, eres un maldito cobarde. Has visto tantas veces el descanso y no eres capaz de tener consideraciones contigo mismo, eres un vulgar y asqueroso cobarde. Si tan sólo ese tipo no me hubiera interrumpido.

Todos en este lugar aparentamos algo, algunos inquilinos aparentan estar acompañados para combatir su soledad, otros aparentan fantasías para encender su lujuria, unos más aparentan talento para sobrellevar su miseria, pero los peores aparentan estar sanos y pretenden curar a los insanos. Este nuevo sujeto sólo aparenta ser estúpido, pero no lo es. Su presencia fue anunciada por un aroma insoportable a tabaco, tocó mi puerta con fuerza y pronunció mal mi nombre.

-¿Señor Telleni?
-Tellini.
-Perdón, Tellini.
- ¿Usted es?
- Seré su nuevo custodio, puede decirme Diego. Acompáñeme por favor.

Caminamos juntos y el maldito iba silbando una canción, sus dedos se movían como si estuviera tocando un piano imaginario al ritmo de sus silbidos. No entiendo cómo los directivos son capaces de contratar este tipo de personas tan desagradables. Tuve tantas ganas de… Llegamos al consultorio, Salas y otro custodio ya se encontraban esperándome. En la mesa había una pluma, un tintero y hojas. Pero el maldito olor a tabaco del custodio no me dejaba pensar en nada. Intercambié algunas palabras simplonas, como siempre, con Salas. Ni él ni yo quisimos hablar mucho frente al nuevo desconocido. Me explicó el destino de la pluma, el tintero y el papel, simplemente no pude evitar reír. Diego se quedó con Salas y otro custodio se encargó de escoltarme hasta el jardín.

Mientras caminaba hacia una sombra que me parecía cómoda, pude observar a muchos colegas en sus actividades cotidianas: uno de ellos me miraba fijamente y parecía que me dibujaba, es claro que no soy el único que ha recibido regalos; otra hablaba con ella misma, al tiempo que me miraba con timidez y temor, alborotaba su cabello con las manos; la novia del doctor me sonrió sutilmente, pero al no recibir respuesta de mi parte se ofendió y siguió su camino; a lo lejos alguien más me observaba con especial atención. Entonces llegó la segunda interrupción del día, de nuevo la estela de tabaco antecediendo la incómoda presencia de Diego.

-¿Gusta un cigarrillo Señor Tellini?
- No fumo, gracias.
-¿Le importa que yo lo haga?
-Si.
-Ese doctor que le asignaron es un verdadero pedante, no entiendo como pueden aguantarlo.
-No tiene mucho tiempo que llegó. Pero hay peores que él. Si no le importa, me gustaría estar solo.

El custodio se retiró sin señales de sentirse ofendido, pero su rostro profería cierta satisfacción. Cuando terminó el horario de “terapia en el jardín”, el tal Diego regresó a donde me encontraba y me condujo a mi habitación.

-Qué disfrute sus regalos Señor Telleni. Buenas noches.

Lo miré con desdén, pues en verdad me irritó su presencia, no obstante le regresé la despedida. Una vez cerrada la puerta me senté frente a mi pequeña mesa, saqué una hoja nueva, entinté la pluma y escribí con la mejor de mis letras para el Doctor Salas:


“Disfrute las cosas de la vida Doctor”

Guardé los regalos en una pañoleta y regresé a mis trozos de carbón y a mis pedazos de papel. Es lo mejor por el momento. Hoy se percibe una noche silenciosa, las fieras no cazarán, permanecerán en sus cuevas planeando su nuevo golpe, esperando con calma el momento oportuno, pues son increíblemente pacientes, eso es lo que las hace verdaderamente peligrosas. Qué curioso, mis manos sudan mientras escribo estas letras, y el rozar de la carne húmeda con el carbón hace que se corra todo lo plasmado, descansa cobarde, mañana será otro día.