sábado, 1 de enero de 2011

Expediente 25

Era una de esas serenas tardes de primavera en las que solamente se antoja tumbarse en el sofá para escuchar alguna vieja grabación de blues y fumar un ejército de cigarros, cuando sonó el teléfono. Me dirigí pesadamente hasta el estéreo y bajé el volumen —una verdadera lástima, porque en ese momento sonaba Love In Vain con los Rolling Stones— luego, contesté la llamada.
—¿Bueno?
—Hola, buen día. ¿El señor Diego Quijano? —la voz era sumamente cortés, y tenía cierto dejo gringo, pero bien disimulado.
—Sí, ¿quién habla?
—Mi nombre es Arthur Smith, y soy director de un hospital psiquiátrico. Le llamo porque deseo contratar sus servicios como investigador.
—¿Problemas con los loquitos?
El hombre permaneció en silencio unos segundos, luego:
—Posiblemente —musitó, y volvió a quedarse callado. Obviamente se trataba de un sujeto al que no le gustan las bromas.
—Mire, señor, si no me explica cuál es su problema, me será muy difícil ayudarlo. ¿Por qué no viene a mi oficina para que le invite algo de beber y hablemos un poco del asunto?
—Está bien.
—¿Tiene la dirección?
—Sí.
—En ese caso, aquí lo espero.
—Hasta luego.
—Hasta luego.
Colgamos. Me serví un vaso de whiskey sin hielo, y brindé por los extranjeros sin sentido del humor.
Tardó media hora en llegar. Aproveché el tiempo fumando cigarros y escuchando música muy vieja; no tenía caso darle vueltas al asunto que me presentaba el señor Smith, en especial porque aún no sabía nada al respecto. Cuando mi cliente en potencia tocó el timbre de la puerta, yo ya estaba medio dormido. Me mojé la cara para desperezarme antes de dejarlo pasar.
—Buenas tardes —dijo, extendiéndome una callosa mano.
—Buenas tardes. El señor Arthur Smith, supongo.
—Así es.
—Pase, por favor.
Así lo hizo. Mientras caminaba al interior de la oficina y paseaba su mirada alrededor, yo le eché un vistazo a él: era un sujeto de rostro sereno, de aproximadamente sesenta años de edad, pero aparentaba estar en condiciones para correr un maratón y ganarlo. Vestía un elegante traje gris de la época dorada del cine mexicano y un pequeño sombrerito de ala corta que hacía juego con el resto de su ropa. Lo que más llamó mi atención fue su rostro, pues era el del hombre maduro estereotípico, con las orejas grandes, la nariz ancha, las gafas enormes y los indicios de manchas hepáticas en la frente.
Lo invité a sentarse y aceptó de buena gana. Le ofrecí un poco de whiskey y me preguntó si no era muy temprano para beber. Le respondí que los investigadores privados y sus clientes tienen derecho a beber a cualquier hora debido a las numerosas presiones que los aquejan, pero aún así no quiso más que un vaso con agua.
—Bueno, señor Smith, dígame por favor en qué puedo ayudarle.
—Mire, la verdad es que no estoy muy seguro… No, no me miré así; lo que pasa es que están ocurriendo cosas muy raras en el sanatorio donde trabajo, y no sé quién es la persona que las está causando, y mucho menos las intenciones que tiene. Por eso, no sé por dónde empezar a explicarle.
—Podría empezar por decirme cuáles son las cosas muy raras que están ocurriendo en su sanatorio.
—Bien, en ese caso, comenzaré por la más alarmante, que ocurrió hace tres días durante una de las entrevistas que hacemos periódicamente a los enfermos. Un completo desconocido, vestido como alguien de mantenimiento, burló la seguridad del hospital e irrumpió en una de las entrevistas. Amenazó a los presentes con un taladro inalámbrico, y la cosa habría terminado en una verdadera tragedia, de no ser porque un doctor, el doctor Salas lo… puso fuera de combate.
—Me alegro. ¿Ya lo interrogaron?
—Bueno… no, no se ha podido.
—¿Por qué? ¿Se niega a hablar?
—Está muerto. El doctor Salas le disparó en la cabeza.
—¡Perdón?
—Sí; como el custodio se quedó paralizado por el miedo durante el ataque, el doctor tuvo que hacerse de su arma para defenderse. Cuando las cosas se complicaron, disparó.
—Caray, eso suena muy serio.
—Bastante.
—¿Saben qué era lo que el loco quería?
—Ni una pista.
—¿Saben quién era o cómo entró?
—Nada. La policía ya está investigando.
—Pero no ha descubierto lo suficiente, ¿no es cierto?
—Es cierto.
—Y usted desea que yo lo haga.
El hombre asintió lentamente con la cabeza y se quedó pensativo, como si estuviera recordando todo lo relacionado con el incidente. Su gesto me indicó que el problema era más grande de lo que yo pensaba.
—Bueno, ¿qué otras cosas han pasado?
Smith suspiró. Daba la impresión de ser una persona a la que le gusta tener todo bajo control, por eso, le costaba mucho trabajo admitir que las cosas no andaban bien, en especial cuando él era el encargado de que así fuera.
—Algunos objetos han desaparecido, como artículos de limpieza, tenedores, plumas, pisapapeles, cerillos… cosas que por separado no representan problema alguno, pero juntos podrían provocar una catástrofe. Eso no es todo: los sistemas de seguridad fallan con una frecuencia alarmante, ha subido el índice de accidentes, y los internos parecen más perturbados que de costumbre. Hasta ahora he mantenido todo eso en secreto, pero no pasará mucho tiempo antes de que alguien se dé cuenta de que algo raro está pasando. Si eso llegara a pasar…
—¿… el lugar se convertiría en un manicomio?
Es un manicomio.
—Me refiero a que cundiría el pánico, los doctores empezarían a abandonar el lugar, los internos causarían problemas y los periódicos desviarían su mirada hacia el hospital y escribirían historias terribles acerca de usted y su administración.
—Sí. Eso mismo —dijo, y en vez de enojado, parecía apenado.
Encendí un cigarrillo para que el humo me ayudara a decidir si me encargaría del problema del viejo Smith o pasaría el resto de la primavera escuchando todos mis discos de blues y haciendo más ricas a las compañías tabacaleras. Finalmente, me encogí de hombros y dije:
—Tomaré el caso, doctor… ¿Es usted doctor, no?
—Así es.
—Perfecto. Como decía, iré hasta su amada institución y echaré un vistazo. Si hay algún simpático haciendo de las suyas, lo descubriré, no se preocupe.
—¡Muchas gracias!
—No hay por qué darlas; es mi trabajo.
Me dio la dirección del lugar y me habló de las personas que le parecían sospechosas. Como no podíamos revelar a nadie que soy un detective, porque podría afectar la investigación, decidimos que me haría pasar como un nuevo guardia de seguridad, de ese modo, no resultaría extraño que el doctor Smith me permitiera andar a mis anchas por todo el hospital.
Después de hablar conmigo alrededor de una hora acerca de mis honorarios y llegar a un acuerdo, se puso de pie para estrecharme la mano y despedirse.
Cuando me quedé solo, encendí otro cigarro, me serví más whiskey y repetí Love In Vain. La melancólica letra de Robert Johnson, la guitarra de Keith Richards y la voz de Mick Jagger me devolvieron a ése agradable mundo en el que no hay manicomios, psiquiatras armados ni misterios por resolver. Hubiera preferido quedarme ahí toda la vida, pero lamentablemente, los cigarros y el whiskey se me estaban acabando, y no se iban a comprar solos.
Después de repetir la canción cinco veces, me puse a trabajar.