domingo, 30 de enero de 2011

Helado de menta y otras delicias

Ayer habló mi hermano conmigo. Me dijo que se iba, que por fin le habían dado esa maldita beca. -¿A dónde te vas tan solo?- le dije llorando;

-A Mongolia, nena bonita; pero no llores, por favor-,

-Y ¿a qué vas? ¿qué aquí no tienes todo lo que necesitas para estudiar esas cosas raras que te gustan?- le grité entre sollozos.

- Ya te lo expliqué varias veces Violeta, aquí no puedo estudiar la épica oral de las estepas, sabes que ese tema me ha interesado mucho desde que estaba en la Universidad y ahora me están dando la oportunidad de ir allá y vivirlo en carne propia, no voy a dejarla- me contestó con mucha firmeza.

- Pero... pero... y ¿qué hay de mí?, ¿me dejarás aquí?, eres lo único que tengo en la vida, Alejandro- seguí llorando.

- Tienes a mamá, Violeta- me dijo secamente

-Sabes bien que mamá se conforma con enviar a su contador a que deposite el pago anual de este cochino lugar, hace más de un año que no viene a verme, que nisiquiera me llama por teléfono... sólo te tengo a tí, y si te vas, ya no tengo a nadie-

Mi amado Ale suavizó su voz y me dijo - Pero mi niña, sabes muy bien que si no estuvieras allí, yo te llevaría conmigo, y escucharías cantos tibetanos conmigo, andaríamos en lugares desconocidos, en montañas, entre gente que no habla nuestra lengua, y yo te diría lo que dicen, y te llevaría con médicos tradicionales cada vez que tú te enfermaras, comeríamos raíces...-

- Entonces espérame un poco, ya me he recuperado bastante, falta poco para que me den de alta- lo interrumpí.

- No puedo esperarte, pero vamos a hacer esto: en cuanto salgas de allí, voy por tí y nos vamos juntos, ¿qué dices linda?-

- Gracias Ale, muchas gracias, no esperaba menos de ti; ya tengo que colgar, sabes que te amo, esperaré con ansias el momento de verte- colgué el teléfono porque Elena me dijo que era el turno de alguien más.

Estaba contenta, porque si todo iba como hasta ahora, pronto me iría de aquí y comenzaría a vivir de nuevo.

Me quedé en mi cuarto, escribiendo la bitácora alimenticia que me pide todos los días la nutrióloga, y en eso me encontraba, cuando Elena me dijo que Armando me daba permiso de ir a dibujar las flores del jardín. -¡Claro!-, me dije, -hoy es día de helado de menta y otras delicias-. -Baja la voz Violetita, te pueden escuchar los custodios-.

Saliendo del comedor, después de la cena, aproveché la correría que se hace de camino a las habitaciones, con custodios cuidando a los locos inquietos y descuidando un poco a aquellos que están más tranquilos. Yo era una de esos últimos y contaba con Elena, que les inventaba cualquier cosa a los costudios para justificar mi ausencia. Con un manto negro muy delgado que me regaló mi querida enfermera, me cubrí por completo para pasar desapercibida al atravesar el jardín hasta los muros. Cuando llegué vi cómo se abría la puerta de siempre en el muro; entré. Ahí estaba Armando, esperándome. Sonreí cuando lo ví, y él me besó en los labios rápidamente y me jaló para irnos antes de que alguien se diera cuenta de mi presencia. Bajamos por una puerta trampa que sólo Armando y, supongo yo, los otros custodios podían abrir. Él nunca me hablaba de esas cosas, no se podía arriesgar a que yo tratara de escapar, lo inculparían a él con mucha facilidad. Pasamos por lo que yo intuía que era un laberinto, y después de un rato, llegamos a otra puerta que estaba en nuestras cabezas. Salimos por ahí al bosque espeso y oscuro que, supongo, rodeaba el hospital, aunque desde ahí ya no se alcanzaba a ver ni un indicio de las murallas. Armando traía para mí un vestido, rápidamente me quité la túnica blanca de loca y me puse el vestido para pasar desapercibida en el pueblo. Caminamos un rato por el bosque, en silencio, supongo que alrededor de hora y media, y llegamos a la heladería de siempre. Casi todas las personas ya estaban en sus casas, sólo algunas luces alumbraban las calles.

Armando y yo nos sentamos en un rinconcito, él pidió para mí un helado de menta con chocolate y para él un café.

- Te extrañé mucho preciosa- me dijo mientras acariciaba mis piernas por debajo de la mesa.

Yo, por otro lado, también lo había extrañado, pero más que eso, me inquietaba saber quién era el misterioso personaje que irrumpió en mi sesión con el doctor Salas.

- También te extrañé, querido- le dije mientras lo besaba, -pero, quería preguntarte, ¿supiste del incidente de esta semana en el hospital?-

-¿cuál de todos? en el hospital pasan muchas cosas- me contestó con una leve sonrisa.

- Pues el del hombre de mantenimiento que entró en mi sesión con el doctor Salas, el que lloraba y nos amenazó con su taladro, el que murió por el disparo del doctor- le dije.

-Ahhh, sí, claro, ¿eras tú la chica que estaba en terapia?, eso no lo sabía, bonita, qué suerte que no te haya pasado nada- parecía que seguiría hablando, pero lo interrumpí con ansiedad.

- sí, bueno, Armando, fue muy extraño... reconocí al hombre, lo ví antes aquí mismo, en la heladería, era el que arreglaba la instalación eléctrica. Me parecía que escuchaba nuestras conversaciones, no me agradó. Pero ahí, enloquecido, lo reconocí... y creo que el asunto está empeorando; no han corrido al doctor, pero la gente allá adentro se ve cada vez más inquieta, más inestable, y, tú vives aquí, creí que podías decirme quién era ese hombre, yo te he visto hablando con él, a veces-

- preciosa, ese es un asunto que no te atañe, no deberías meterte es eso, seguro el doctor Smith ya lo está resolviendo- me dijo mientras me ponían mi helado de menta en la mesa.

Callé un momento y luego le dije,- Armando, los doctores no pueden saber nada, no quiero ofenderlos, pero se la pasan metidos ahí, están peor que los locos porque ellos lo hacen voluntariamente y, desde ahí adentro, poco pueden saber de la identidad de ese hombre y de lo que estaba haciendo ahí. Yo lo único que quiero saber es quién era, por qué estaba ahí, la policía no tarda en hacerme preguntas, los he visto merodear por el hospital, yo estaba presente cuando todo pasó...-

- A ver a ver Violeta- me interrumpió,- aunque tú supieras quién era ese hombre, no se lo podrías decir a la policía, porque, ¿cómo vas a decirles que tú te sales una vez a la semana del hospital y que lo viste por acá afuera?-

-Sé a lo que te refieres Armando, no soy idiota, pero esto me atañe tanto como a los doctores, es mejor que sepa la verdad ahora, porque pronto saldré de ese lugar y en verdad quiero hacerlo; necesito estar prevenida porque no quiero que el asuntillo del doctor Salas con el señor muerto me implique de alguna forma que me impida salir de allí-

-Tranquila Naranjita- me contestó en voz baja- no hay ninguna razón por la que pudieran implicarte en eso, no si no saben que tú has salido de allí, pero si te hace sentirte más tranquila te diré todo lo que sé. El señor que murió esta semana se llamaba Joel. Vivía en la periferia del poblado, casi aislado de todo. Su esposa murió hace siete años, de cáncer, dicen. Tenía dos hijos, los dos menores de quince años... creo que uno tenía diez y el otro catorce. No sé. La noche que su esposa murió, los niños lloraron desconsoladamente, pero su padre no se movía, no hablaba; las personas del pueblo fueron a encargarse del funeral y del entierro, pues no hubo fuerza humana que pudiera moverlo de la cama en la que había muerto su esposa. Dicen que estuvo así durante cuatro días. Los niños estaban desesperados, pero la gente del pueblo no los desamparó, algunas señoras les daban de comer, los trataban como si fueran sus hijos. Cuando el señor Joel reaccionó, todo pareció regresar a la normalidad; iba a trabajar y hacía las compras. Los niños se tranquilizaron con el tiempo y siguieron yendo a la escuela. Sin embargo un día dejaron de ir, y los maestros lo notaron. Cuando fueron a buscarlos a su casa Joel dijo que no habían regresado de las escuela desde hacía varios días, y que seguro habían ido a buscar a su mamá, que los había abandonado.-

- pero, ¿a sú mamá?, ella estaba muerta, ¿no?- le dije mientras me limpiaba el helado de los labios.

-claro Naranja, es lo que trato de explicarte, Joel había perdido la noción de esa realidad; sin embargo la mayoría pensaba que hablaba en sentido figurado y que, entonces, los niños se habían suicidado o algo así. Él no dijo nada más, por más que la policía trató de sacarle alguna otra información. Después de algunas semanas de búsqueda encontraron a los niños en el bosque, tiesos ya por el inmenso frío que estaba haciendo. Se declaró que murieron de hipotermia, pero no pudieron encontrar nada que acusara a Joel, pues los niños no estaban heridos, y no había ningún testigo que hubiera visto a Joel obligándolos a ir al bosque. La policía concluyó que los niños habían ido a jugar y que se habían perdido entre tantos árboles al anochecer. Cuando le avisaron de la muerte de sus hijos, Joel apenas suspiró y así, como si nada, siguió con su vida.
La gente dice que poco a poco su estado anímico fue empeorando; no se notaba, porque en el día se veía bastante tranquilo, pero dicen que en la noche se escuchaban sus quejidos, le reclamaba a su esposa el haberlo dejado. Sin embargo de los niños jamás volvió a mencionar nada, no que alguien de por aquí se enterara. -

-Que historia tan macabra, y yo me quejo de mi vida... pero dime de qué hablaban esa vez que venimos, ¿de qué hablaban?- le pregunté acercándome a su cara para lograr una mayor intimidad.

-Eso sí ya no es de tu incumbencia pequeña- me contestó con un tono cariñoso.

- Armaaando- lo jalé del sueter con tono insistente.

-mmm, bueno, quizá te lo diga, pero eso ya será en mi casa, aquí hay demasiados oídos-

Yo sonreí coquetamente para mantenerlo persuadido. Pagó la cuenta y salimos de la heladería. Caminamos unas cuantas calles y llegamos a su casa. Sentí la calidez de un hogar, una calidez que no se sentía en el hospital... (donde sólo hay sábanas frías y una soledad que lo envuelve todo). Encendió la chimenea y pronto el calor comenzó a llenar mi cuerpo. Me senté en la alfombra empolvada frente al fuego y con un gesto lo invité a sentarse también a mi lado. Lo miré impacientemente, esperando que me contara lo que había platicado con Joel, pero él tenía otra cosa en mente. Sentí sus dedos deslizándose en mi cuello, y comprendí lo que deseaba; así que una vez más, en ese baile incesante, desnudamos nuestros cuerpos al calor del fuego ardiente y le entregamos sus ofrendas a Venus, que tanto había esperado ya.